
Esta exhibición antológica resitúa la presencia decisiva -tanto por su audacia experimental como por su lucidez– de una trayectoria que ha resultado un caso marginal
e inexplorado para la historia del arte peruano contemporáneo. La obra y proyectos de
Teresa Burga (Iquitos, 1935) aquí desplegados no se proponen simplemente ampliar los
referentes de una narrativa ya consolidada, sino sacudir los criterios a través de los
cuales –a falta de un debate e investigación continuos, coludido con una empobrecida
recepción– se ha construido un consenso más o menos homogéneo sobre lo que el
circuito local de las artes visuales pondera. Frente a esa historia esta exhibición marca
un recorrido disidente, y pretende ser menos una contribución que la puesta en
evidencia de un permanente conflicto.
Es desde aquella discontinuidad que su obra comienza hoy a sostener un enrarecido
diálogo con experiencias del arte más reciente. Esta producción se caracteriza por una
enérgica disolución del objeto (artístico): una erosión y señalamiento crítico de sus
soportes materiales, pero así también sociales. No es difícil leer tras los desencuentros y
silencios alrededor de su trabajo las rupturas e ilusiones desplazadas del anhelo
desarrollista a mediados de los 60, las posteriores contradicciones de la promesa
revolucionaria, así como las diásporas en el escenario de violencias extremas de los 80.
Para éstos últimos contextos, las tentativas de Burga serían poco menos que
compresibles. Pese a ello, la ostensible vitalidad revelada (muchas de sus obras son aquí
por primera vez exhibidas) nos introduce a uno de los más intensos itinerarios en el
reverso de la historia.
Obra que desaparece
Egresada de la Universidad Católica en 1964, su trabajo recorre el campo de la pintura y
el grabado en la primera mitad de los 60. Su serie de linóleos Lima imaginada (1965)
ofrece representaciones urbanas realizadas a partir de imágenes guardadas en la mente,
suprimiendo con ello el protagonismo del referente concreto. Poco después, Burga
participa de las transformaciones renovadoras en la plástica y la consolidación de
tendencias de vanguardia a través del Grupo Arte Nuevo (1966-1968). Tras una
ausencia de dos años a fines de esa década, la artista regresa a Lima luego de sus
estudios en el School of the Art Institute de Chicago. Desde entonces incorpora
procesos experimentales y nuevas estrategias creativas: el uso de tecnologías de la
información, registros científicos y un claro interés en trabajar con ‘conceptos’. Su
trabajo deviene muchas veces en reportes, descripciones y esquemas que documentan
acciones o propuestas a realizar, utilizando la estadística para releer el entorno. Y en
otros casos, traduciendo la realidad y el lenguaje a diferentes códigos, cuantificando y
problematizando una existencia que suponemos concreta y que Burga ausculta con
cierta obstinación, ya se trate de su propio cuerpo, un poema, una comunidad definida o
un segmento concreto del espacio urbano.
Escasas serán, sin embargo, las posibilidades de mostrar su experimentalismo más
enérgico. Serían tan solo dos sus apariciones públicas en el contexto artístico limeño de
los 70: Autorretrato. Estructura-Informe 9.6.72 (1972), y 4 mensajes (1974), ambas
exhibidas en la salas del ICPNA. En aquel reformismo militar su propuesta será una
afrenta prácticamente sin interlocución. Burga emprende, no obstante, un
ininterrumpido trabajo que abarca series de dibujos, juguetes no-útiles y proyectos
imposibles.
Perfiles y brechas
Reaparece en la escena a inicios de los 80 cuando presenta, junto a Marie-France
Cathelat, el proyecto Perfil de la mujer peruana (1980-1981). Expuesto inicialmente en
el I Coloquio de Arte No-Objetual y Arte Urbano en Medellín y luego en el Auditorio
del Banco Continental en Lima, esta obra despliega una investigación y estudio
sociológico sobre la situación de la mujer de 25 a 29 años de la clase media peruana,
realizada a través de encuestas sobre la condición femenina desde sus aspectos políticos,
económicos, religiosos, raciales, jurídicos y sexuales. Ya en 1967, a través de maniquíes
y ambientaciones pop, Burga había adelantado una reflexión sobre el sentido común que
asocia indiferentemente lo doméstico y lo femenino. Manteniendo un mismo aliento, la
brecha entre ambas propuestas es también el periodo de consolidación de una nueva
agenda feminista local.
Como los intervalos de tiempo rigurosamente consignados en varios de sus dibujos --a
modo de cronómetro que registra el proceso de producción de la imagen-- esta
exposición es también un intento de tomar el pulso al presente. Así como Burga ha
producido un conjunto de documentos rigurosos del pasado reciente, y no solo en el
terreno de lo artístico, el recorrido que aquí se propone es una suerte de archivo que
pone en intervalo precario las bases en las que se ha consolidado el lugar común de la
historia del arte en las últimas décadas.
Emilio Tarazona + Miguel A. López
Lima, agosto 2010
No hay comentarios:
Publicar un comentario